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Cómo ser una Mamá Parisina

Todo empezó una noche de Noviembre 2014 mientras disfrutaba de una lectura light, de esos libros que lees para no pensar en cosas profundas. Ese año había salido el libro Cómo ser parisina estés donde estés de Caroline de Maigret (modelo y socialité francesa) y por fin había logrado conseguir una copia. Lo leí en una noche y sorprendentemente una parte del capítulo Una Madre con Defectos me quedó resonando por un tiempo:

             «Seamos honestos: la Parisina es una mujer egoísta. Una madre amorosa, sí, pero sin embargo incapaz de olvidarse a sí misma completamente. En París no encontrarás muchas mater dolorosa, mujeres sacrificadas cuyas vidas giran alrededor de cocinar para su numerosa progenie. La Parisina no deja de existir el día que tiene un hijo. No renuncia a su modo de vida, ligeramente adolescente, a sus noches entre amigos, a sus fiestas, o al cansancio del día siguiente. En efecto, no renuncia a nada, porque también asume su rol de madre. Quiere estar ahí para educar a su hijo, para verlo crecer, para inculcarle sus valores, su cultura, su filosofía. Y ¿qué pasa en la vida de una mujer que no renuncia a nada? Desorden, y mucho. Un desorden tan normal que puede convertirse, a través de la repetición, en una nueva forma de orden. Y esto tal vez es la guía principal del sistema educativo de una madre parisina. El niño no es el rey, es sólo un satélite de la vida de la madre. Y al mismo tiempo, el niño está omnipresente, porque ese satélite sigue a su madre a todas partes, y juntos comparten momentos valiosos. Él puede unirse a un almuerzo, acompañarle a una boutique, terminar en un concierto o una inauguración, donde caerá dormido en un sofá mientras ella lo ve con la misma cantidad de culpa que de ternura. Su hijo también va a la escuela y al parque y juega tenis, es parte de equipos deportivos, o toma clases de inglés. A veces todo al mismo tiempo. Esos momentos entre dos edades, esos momentos de complicidad que normalmente serían prohibidos, se convierten en excepciones regulares, desvíos divertidos para descarrilar la rutina del niño. Y en general, ninguno de los dos se queja. Más adelante en la vida, ambos aprecian estas imágenes efímeras, fragmentos de conversación recogidos por aquí y allá, los vestigios de un mundo adulto del cual habrá vislumbrado algo, ayudándolo a formar una imagen alegre de lo que le espera un día. Acorde a la Parisina, esta joie de vivre (alegría de vivir) es la mejor manera de inspirar a los niños a crecer. Y también la mejor manera de que las madres nunca extrañen las vidas que llevaban antes de tener hijos.»

Me encantó.

Yo vivía en Madrid mientras estudiaba mi maestría en diseño de modas y no tenía intenciones de convertirme en mamá en el corto plazo. Pero sin darme cuenta, estaba empezando a desarrollar un criterio sobre el tipo de madre que quería ser y sobre cómo quería construir mi familia.

París, Diciembre ’14

Empecé a mimetizarme con el estilo de vida Madrileño, los horarios donde trabajar a las 9 parece madrugar y cenar a las 10 es el pan de cada día, las tiendas que cierran las puertas por la siesta del mediodía y las abren a las 5 de la tarde, ver a la gente haciendo vida fuera de casa. Pero lo que más me llamaba la atención era ver cómo los niños conviven perfectamente en lugares “de adultos”, a horas de adultos y sin importar el frío que haga.

Solía salir a tomar café al aire libre con mi amiga Emilia y siempre teníamos al lado a dos mamás con un niño a cada lado, haciendo lo mismo que nosotras: tomando café y hablando de la vida. Sus hijos se entretenían en su entorno “adulto” sin enormes juegos inflables, ni parque de McDonald’s, ¡ni iPad!

Empecé a pensar que tenía que haber una manera de encontrar un balance. Ni estar encerrada en la casa, ni estar fuera de casa todo el tiempo. Ni tener a los hijos con la niñera todo el día, ni que sea imposible estar un segundo sola sin ellos. Ni pasar 5 años comiendo solo en restaurantes con parques, ni seguir «restauranteando» como si estuviera soltera… etc, etc.

París, Diciembre ’14

Pero como todo lo que pensamos o planeamos, es mil veces más difícil en práctica. Yo siento que perdí este norte el primer año de Sofía. Me volqué totalmente hacia ella. Dejé mi trabajo y mis ganas de emprender totalmente de lado, viví prácticamente en calentadores por 1 año y en vez de bajar los kilos del embarazo, subí unos cuantos más. Trato de regresar a esa época y recordar qué hacía pero no logro descifrar en qué se iba todo mi día, más que en contemplarla y mimarla y en aquellos meses de lactancia exclusiva, que hasta ahora ha sido la inversión de tiempo más sacrificada y gratificante de mi vida.

Mucha gente me ha dicho que en este segundo año de Sofía he cosechado lo que sembré en el primero. Y aunque no me arrepiento de nada de lo que he hecho y no podría estar más contenta con la personalidad que ha desarrollado mi bebé, estoy feliz de volver a sentirme yo misma poco a poco.

A cada mujer este mensaje le llega de manera diferente, toca una tecla diferente. Para unas significa ir a la peluquería, para otras trabajar, estudiar, ir al gimnasio, salir con las amigas o retomar su vida sexual con su pareja. Pero creo que, en el fondo, todas sabemos que siempre hay espacio para ser un poquito más egoístas. Y, en mi opinión, ser mejores madres por ello. No es mejor mamá la que más sufre y la que más se abandona a sí misma (y que encima dice que lo disfruta), sino la que está en mejores condiciones para ella, para sus hijos y para su pareja.

Un abrazo estilo parisino,
Gaby

La foto inicial y el texto en comillas pertenece al libro How to be Parisian, puedes encontrar una copia en español aquí.

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